Metafísica y otros especímenes exóticos

Al igual que el nombre filosofía, el de metafísica está cargado de una gran vaguedad, producto del carácter general y extensivo de ambos nombres. Entre otras cosas, esto quiere decir que tanto “filosofía” como “metafísica” significan muchas y diferentes cosas a distintas personas. La situación no es sustancialmente diferente entre los especialistas en el asunto. Si juntamos a dos filósofos, tendremos como producto a un mínimo de cuatro criaturas, pues cada uno de ellos tendrá su propia opinión acerca de lo que es filosofía y lo que es metafísica.

Wilfrid Sellars ironizó al respecto expresando que en los jardines de la filosofía hay muchos especímenes extraños y exóticos. En particular, mencionó como ejemplo a la epistemología, la ontología, la cosmología y a la naciente, en su época, filosofía de la ciencia. No hizo referencia a la metafísica, probablemente porque, en ese momento, los años 50 del siglo veinte, la metafísica pasaba por una de sus peores crisis de imagen pública.

Sellars escribía desde el campo de la filosofía analítica -otro extraño espécimen, seguramente-. En ese momento, la filosofía analítica estaba en pleno florecimiento -otra metáfora botánica, por cierto-, y reinaba en las universidades inglesas y norteamericanas. En buena medida, su crecimiento se produjo como consecuencia de la lucha emprendida contra la metafísica, dado los estrechos lazos de la filosofía analítica con la lógica, la matemática y la ciencia, así como con el positivismo lógico, otro espécimen filosófico que surgió de forma casi simultánea al movimiento analítico. Ambos movimientos habían tenido en común su cercanía y simpatía por la ciencia.

A diferencia de la filosofía analítica, que aun goza de buena salud, el positivismo lógico duró relativamente poco. Sin embargo tuvo un impacto extraordinario en la filosofía en general y en las corrientes angloamericanas en particular. No tanto por sus doctrinas, sino por los filósofos que crecieron a su amparo, que recibieron su influencia o que definieron sus propias posiciones en contraste con el positivismo lógico. Wittgenstein, Ramsey, Carnap, Schlick, Popper, Quine, Stevenson, Ayer, entre otros, en su momento orbitaron en torno al positivismo lógico representado en el Círculo de Viena, mientras que Russell y Whitehead eran considerados como antecesores de dicha corriente.

Ahora bien, de los planteamientos del Círculo, uno de los más característicos fue el del ataque a la metafísica. En ese momento, la figura metafísica por excelencia era Heidegger, y buena parte de los argumentos positivistas tenían como referencia a su obra. El planteamiento era, resumidamente, que las afirmaciones y argumentos metafísicos no es que eran falsos, es que sencillamente no tenían sentido. Carecían de sentido al no definir adecuamente los conceptos que utilizaban, al no hacer referencia a objetos que pudieran ser objeto de experiencia pública y al hacer un uso personal del lenguaje, quiere decir, que lo que el filósofo metafísico expresaba está formulado en un lenguaje al cual el filósofo le asignaba un significado propio, no estandarizado, de una manera análoga al uso del lenguaje que hace un novelista o un poeta.

Pero un filósofo no es un poeta. Utilizar un lenguaje que pretendía ser filosófico pero sin hacer referencia a objetos o procesos de acceso público, sino de acceso sólo a la mente del filósofo, sólo conducía a sin sentidos. De esta manera, el ataque a la metafísica estaba dirigido a ese tipo de filosofía, característica de Heidegger o Hegel, así como de los escoláticos medievales y los místicos. Es importante precisar esta diferencia, ya que los positivistas lógicos, o al menos varios de ellos, tenían mucho respeto por filósofos como Kant y Descartes, aunque reconocieran las discrepancias doctrinales con estos.

Vale preguntarnos, ¿es correcta la descripción de la metafísica tal como fue planteada por el positivismo lógico? Como suele suceder, la respuesta no es simple. Lo primero que hay que aclarar es que no hay una definición canónica o estándar de lo que es metafísica. Es más, el propio origen del nombre proviene de una confusión.

Los escolásticos, al traducir desde el árabe la obra magna de Aristóteles, conservaron el título Metafísica para dicha obra, y así pasó a ser conocida. Pero además, el proyecto aristotélico de una filosofía primera, como ciencia que diera cuenta de las explicaciones fundamentales o primeras acerca de la realidad, descrito en la obra en cuestión, comenzó a ser conocida como metafísica. Aunque Aristóteles no hace la menor mención a la palabra metafísica en su obra. Es más, ni siquiera llegó a conocer el término.

Aristóteles utilizó el concepto de una ciencia que estudiara lo que es, en cuanto que es, una filosofía primera que diera cuenta de los principios más generales de la realidad, es decir, de lo que es. Un estudio de “lo que es”, τό όν, en griego, y de allí, ontología, palabra que también es posterior a Aristóteles, pero que sin embargo es mucho más cercana al sentido original, plasmado por Aristóteles, que la palabra metafísica.

Según la historia que, aun con las reservas necesarias, es la más aceptada, el nombre Metafísica fue asignado por Andrónico de Rodas en el siglo I AC a unos libros de Aristóteles que no tenían título pero que se sabía que eran posteriores al libro conocido como Física. De modo que, plausiblemente, el nombre Metafísica sólo indica que los libros en cuestión estaban “más allá” (meta), desde el punto de vista bibliográfico, de los libros conocidos como Física.

Esta coincidencia mostró ser muy productiva, puesto que el criterio bibliográfico encontró resonancia con ciertas doctrinas del libro Metafísica, en lo concerniente tanto al estudio acerca de las realidades inmateriales e inmóviles que se hallan más allá de las cosas físicas, como al estudio teórico que debe iniciarse con posterioridad al estudio de la física, tanto en relación al libro Física de Aristóteles como respecto a las cosas físicas.

Por tanto, con la venerable y honorable Metafísica ocurrió lo mismo que con muchos nobles y cabezas de dinastías reales: a pesar de su origen incierto, pues no conoció a su verdadero padre y fue otro el que le puso el nombre, resultó favorecida por el azar y la fortuna posterior.

La escolástica medieval produjo obras de la mayor importancia filosófica. Sin embargo, la rutinización de la metodología de los comentarios y las disputas condujo a una multiplicación de discusiones intrascendentes, muchas de ellas elaboradas en forma oscura y artificial, que fueron el objeto de críticas de Descartes, Hobbes y Locke, por mencionar figuras de distintas tendencias entre sí. Este sentido de oscuridad, artificialidad e intrascendencia acompañó al nombre metafísica, particularmente de forma crítica en manos de los empiristas británicos, así como de los escritores antireligiosos del renacimiento y la modernidad.

Kant hizo un gran esfuerzo por refrescar el prestigio a la metafísica, y en buena medida así lo logró. Pero a mi juicio, su esfuerzo se vio empañado por Hegel, en cuya obra la metafísica alcanza un alto grado de oscuridad y en oportunidades, de sin sentido. Más o menos ese fue el panorama que encontró el positivismo lógico, y al cual dirigió su ataque.

La rehabilitación de la metafísica comenzó desde el propio campo de la filosofía analítica, principalmente por intermedio de P.F. Strawson. Para él, la metafísica era un área de la filosofía, paralela a la ética y a la lógica. Es decir, lo que no es ética ni lógica es metafísica, por lo que esta abarca a la filosofía del lenguaje, a la filosofía de la mente y otras especialidades filosóficas. Básicamente, la metafísica sería el estudio de la realidad, excluyendo a los juicios éticos y la lógica.

Durante mucho tiempo Strawson estuvo prácticamente solo en la defensa de la metafísica. La mayor parte de los analíticos, o bien utilizaban el concepto de ontología para lo que Strawson proponía como metafísica, o sencillamente privilegiaban el de filosofía.

El renacimiento de la metafísica ha sido muy notable en los últimos veinte años. De hecho, la metafísica ha corrido con la misma suerte de la filosofía, esto es, se ha especializado aceleradamente. Así como hay una multitud de “filosofía de..”, ya comienza a haber una plétora de metafísicas. Las especialidades filosóficas más populares son la filosofía de la mente, del lenguaje, de la ciencia, de las matemáticas, de la lógica, de la biología, de la sociedad (filosofía social), de la educación, de la religión … y así continúa. Y ya no basta, por ejemplo, con filosofía de la ciencia; se le ha agregado la filosofía de la física, de la química, de la medicina, del deporte, entre otras; prácticamente toda actividad humana tiene una filosofía.

¿Ha contribuido esa multiplicación filosófica a una mejor comprensión de la realidad, o de las parcelas atendidas por cada ciencia, o al menos a mayores avances en la filosofía, en comparación a no tener esa multiplicación? No lo creo. Más bien es un fenónemo que parece obedecer a la masificación y la profesionalización de la filosofía, es decir, a la necesidad de darle temas, espacios y recursos a la creciente cantidad de filósofos que surgen de las universidades.

Con la ontología parece estar ocurriendo otro tanto. Ya no se habla solamente de ontología, sino de ontologías específicas. Y con la metafísica, asistimos al mismo proceso. No basta hablar de metafísica, sino de “metafísica de …”. Por ejemplo, hasta hace unos treinta años el aspecto social de la realidad era tratado principalmente por “filósofos sociales”, muy a pesar de la insistencia de Wittgenstein, apoyada por Sellars y Quine, de la relación directa entre el análisis del lenguaje y la naturaleza social del lenguaje, así como de la necesidad de que la filosofía asumiera como parte de sus tareas el análisis de comportamiento social del ser humano. Aun así, la filosofía privilegió el análisis del lenguaje y de la mente desde la perspectiva del individuo. Sin embargo, esa corriente empezó a revertirse y comenzó a hablarse de “ontología social”, es decir, el estudio de la sociedad como parte de la realidad, y de forma autónoma respecto a la sociología. Pues bien, unos años después, comenzó a hablarse de “metafísica social”, o “socialización de la metafísica”, como complemento o sustituto -aun no está claro- de la ontología social o de la filosofía social.

Otro curioso giro de la historia, que no deja de tener toques humorísticos, se dio cuando recientemente surgió una “metafísica analítica”. Es decir, visto que la filosofía analítica no pudo “matar” a la metafísica, esta decidió “apropiarse” de la analítica. Buen golpe.

Por mi parte confieso que mantengo mis reservas con el término metafísica. Me siento cercano a los argumentos levantados por los positivistas lógicos, y la crítica velada de Sellars. Aprendí de Quine a darle importancia al nombre ontología. Sin embargo, el profesor Wolfang Gil me proporcionó una solución para me permitiera convivir con las exigencias filosóficas de estos tiempos, exigencias que indican la necesidad de convivir con la metafísica. Esta es la de concebir al prefijo “meta” de metafísica como estudio acerca de la realidad, no “por encima de” la realidad.

Esta distinción tiene su valor, puesto que me permite desmarcarme de uno de los sentidos tradicionales de la metafísica, que es el de estudio de lo que está más allá de las cosas físicas. Para mí, no hay nada más allá de la realidad física. Por tanto, parece que no puede haber “metafísica” si esta se concibe como estudio de lo que está por encima del mundo físico.

Concibamos entonces a la metafísica como estudio acerca de la realidad, la cual tiene una existencia plenamente física y natural. Tanto, que mi perspectiva metafísica es la de una Metafísica Naturalista, la cual rechaza el sustancialismo, el esencialismo y la posibilidad de existencia de entes “sobre naturales”, que estén más allá de la naturaleza y la realidad física, así como de entes “espirituales”, que no puedan ser explicados por la ciencia.

Hacia una metafísica de esas características es que se dirigen mis intereses filosóficos, enmarcada por una ontología naturalista y fisicalista, aunque de un fisicalismo no reduccionista.